¿Se ha dormido?

La gente se empieza a levantar. Algunos en cuanto el anuncio de megafonía anuncia la llegada a Atocha. Otros antes, presas de la ansiedad por salir, en cuanto el reloj les marca cierta hora o ven algo desde la ventanilla que reconocen como la señal para empezar a moverse.

Una muchacha joven, veinteañera, tatuajes en el hombro derecho y el gemelo de la pierna izquierda, botas de montaña (en pleno agosto)  se levanta también a hacer cola junto con el resto de pasajeros que se disponen en formación listos para salir. 
Un hombre mayor, cincuentena entrada, camisa blanca de cuello almidonado, pelo canoso y cierto sobrepeso a juzgar por cómo rellena la camisa, yace dormido en su asiento. Lleva así desde que empezó el viaje, solo dando muestras de seguir vivo por sus ronquidos y ruidos nasales, afortunadamente amortiguados por la mascarilla.
La muchacha se ha sentado en el asiento de la misma fila que el hombre durmiente. Viendo que el hombre no da muestras de estar despierto la muchacha le pincha con un dedo en un hombro. Casi con cierto recelo, una punzada digital que repite un par de veces, como para comprobar si el individuo está vivo ante la falta de reacción.
Por fin se mueve abte el contacto; el hombre se despierta sobresaltado, incorporandose en el asiento, con sus ojos todavía entrecerrados, balbuceando algo ininteligible. La chica le pregunta, más por cortesía y para justificar su acción, a sabiendas ya de la respuesta:
- ¿Se ha dormido? Estamos en Atocha.
- ¿Quién, yo? Eeh, no, no... - contesta el hombre, ya bien maduro pero respondiendo como un crío pillado cometiendo una infracción.
-Ah me había parecido... 
- Bueno, puede que... Sí, me he dormido un poco - concede el hombre, todavía aturdido por la interrupción de su viaje onírico.
Las sonrisas del resto de pasajeros, ocultas tras las mascarillas pero bien visibles en los ojos arqueados, se suceden. 

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