Mesitas de ping pong y espacio diluidos

Por una serie de acontecimientos ligados a obras de reforma en la oficina tuvimos que dejar el edificio por un tiempo. No estaba claro en un principio cuánto tiempo íbamos a no poder entrar en la oficina, trabajando por el momento desde casa, hasta que se vislumbró que aquello iba para largo y era mejor encontrar un sitio temporal donde recolocar a la mayor parte de la plantilla. El resto de los empleados serían "acomodados" en oficinas de clientes con los que había proyectos en marcha, oficinas de obra, y en el peor (mejor) de los casos, trabajarían de forma remota desde casa. 

De esta forma nos mudamos temporalmente a un edificio en la esquina de Ranelagh y el canal del sur, en la zona de Charlemont. El edificio, de ladrillo visto y con cristaleras, había sido remodelado recientemente. Cada día paso por esa zona y pude ver las obras de reformas, que fueron bastante curiosas, al menos porque esperaba otro resultado: Por un momento, al inicio de las obras, pensé que iban a demoler el edificio por cómo estaban apuntalando la fachada y por los ruidos sordos de los impactos que los martillos hidráulicos hacían. Quiero recordar también bastante escombro y limpieza del interior, lo cual ayuda a apoyar mi idea de que a aquel edificio le había llegado su hora. La demolición, si bien parcial, no llegó a ocurrir en su totalidad. Lo que realmente sucedía fue que estaban preparando la estructura para dos plantas adicionales y en un interior muy moderno y coqueto, que obviamente necesitaba de arrasar con gran parte de lo que había para hacer espacio a lo nuevo. Las nuevas plantas son para usuarios especiales por lo visto, y tienen la fachada hecha con un muro cortina de paneles de vidrio y acero.

Este edificio es ahora parte de la cartera de edificios que la compañía de "coworking" WeWork tiene en Dublín. Investigando sobre la compañía, una vez fuimos allí y particularmente después de los problemas de financiación y lo "personaje" que es su ex-CEO, entendí la jugada: WeWork arrienda edificios por mucho tiempo, haciendo en algunos casos obras considerables para adaptarlos a su "estilo y valores". Durante el periodo de alquiler WeWork alquila (o subalquila realmente) el espacio que ha creado a distintas empresas o individuos, normalmente por cortos periodos de tiempo, meses o incluso semanas, contrastando con los alquileres tradicionales que tienden a ser más largos, generalmente de varios meses o años. WeWork, y otras compañías del ramo, ofrecen así espacios de oficinas listos para ser usados, donde te tienes que preocupar de poco, particularmente si se trata de empresas pequeñas o individuos que trabajan a distancia y su empresa les da ese espacio para que puedan trabajar, el tiempo para colocarte y trabajar es cuestión de horas.  Ofrecen además mucho rollo cool, mucha pose, mucha transformación cultural, mucha colaboración, mucho impacto, mucho humo. Todo esto, claro, a un alto precio, porque toda la infraestructura, material y humana, de la que te despreocupas tienes que pagarla igualmente: mobiliario, internet, mantenimiento, limpieza, recepción, etc.


Al llegar al edificio el primer día los de recepción nos recibieron, gente muy relajada, casi como si estuvieses en una cafetería hípster, que apenas te miraban porque estaban con su portátil o hablando entre ellos de algo muy interesante, más interesante que tu presencia. Noté nada más entrar que había cámaras de seguridad en cada rincón, así que supongo que habían delegado la labor de control y se dedicaban a estar allí, por darle un toque más humano. El edificio de Charlemont tiene una planta baja con la recepción y un espacio común que cuenta con sofás, sillones, una mesa grande con sillas, mesas altas, cabinas para llamadas, una pequeña zona de cocina, una zona de café con barista incluido, una barra con grifos de cerveza, y, por supuesto, una mesa de ping pong. Las plantas superiores tienen los espacios de oficina propiamente dichos que cuentan con un espacio central común, con espacio de cocina (el nombre que los de WeWork le daban era algo más moderno, pero una cocina, al fin y al cabo), mesas largas, sofás y pequeños espacios con sillas, como para trabajar o tener reuniones.


Los ánimos en la gente de nuestra oficina que habían sido recolocados allí estaban divididos y se podía ver una brecha generacional. Los más jóvenes y milenials, usuarios de Instagram y creyentes de la religión de la etiqueta (#) estaban encantados, como pez en el agua, habían nacido y entrenado para este tipo de oficina y ambiente: cocina con 8 tipos de tés, nevera con aguas de sabores y zumos, café de barista, sofás y sillones donde "trabajar como en casa", clases de pilates, promociones de comidas para llevar, tablones con notitas colgadas, pizarritas con la sandez del día, y demás. Los más mayores en cambio, tenían caras largas, de circunstancia, no querían estar en ese espacio abierto con el techo sin terminar y tubos a la vista, ruidoso, con opciones ridículas para beber y con una cantidad invasiva de chorradas. El grupito de guais, milenials de asalto y adaptación rápida, enseguida se pusieron al tanto de todo: cuando eran las clases de pilates, donde estaba el barista, los 10 tipos de tés que había, cuando empezaba la barra libre de cerveza y demás cosas por el estilo.

El tiempo que estuve allí no estuve mal, aunque fue poco más de una semana. No obstante, no me gustaría trabajar allí de forma continua. Había aspectos positivos: cercano a casa, muchos espacios donde trabajar, y por supuesto, cayendo en la trampa fácil, café gratis y visitas de perros. Y aspectos negativos: mucho ruido, mesas pequeñas, mucha gente aglomerada en poco espacio, esa sensación de temporalidad extraña. Me llamó la atención en cualquier caso el hecho de que el espacio de trabajo se diluía y camuflaba en lo que sería un espacio de casa o de ocio. Mutable según la hora, más flexible y menos restrictivo en el objetivo de ese espacio. Es decir, la oficina de WeWork no daba la sensación estricta de ser un espacio de trabajo, al menos en sentido tradicional, si no que podías ir a leer un libro en un sofá como en casa, tomar un café con los amigos como en una cafetería, o beber una cerveza viendo la partida de ping pong como en un bar. Esto a mi parecer hace que uno pierda la noción de estar trabajando, diluye la atención, pues siempre hay más movimiento de gente o más oportunidad de justificar una pausa - en algunos casos es la excusa perfecta para no trabajar, y pude comprobar de primera mano lo bien que los "calientasillas" se quitaban definitivamente la máscara y abrazaban sin complejos tirarse en el sofá a mirar el móvil. 

Supongo que se trata de otro concepto del "espacio de trabajo", oficina es ya un término obsoleto seguro, que busca la comodidad del empleado, que se sienta "como en casa". Y sin dejar de avalar la iniciativa, es ahí donde reside la trampa: si en ese espacio de comodidad la percepción del espacio se diluye, como he comentado antes, la percepción del tiempo también se acaba diluyendo - el espacio-tiempo no sólo como continuo físico si no también sensorial. Esta dilución del tiempo es administrada de diferente forma por cada uno, pero en definitiva mi intuición me lleva a pensar que se traduce en pasar más tiempo en la oficina, no necesariamente trabajando más en términos absolutos, si no de forma más dispersa, menos eficiente, debido a esos añadidos, que, en aras del confort, acaban reduciendo la concentración y distrayendo. Parece que como el espacio es cómodo no importa quedarse más tiempo trabajando. El problema se intensifica cuando los servicios se extienden, como sucede en algunas empresas tecnológicas, con comida gratis, gimnasio, lavandería, lo que necesites prácticamente, llevando el estado de dilución de espacios al siguiente nivel. De esta forma la casa se convierte en un mero dormitorio y ropero, despojado de cualquier otra función. 

En este sentido me da pena pensar como los trabajos de oficina han sabido esquivar la reivindicación obrera de principios de siglo XX sobre la jornada laboral de 8 horas. Las 35, 40, 45 horas semanales se pierden, intercambiadas por cafés interminables y partidas de ping pong. Las tabernas que algunos patronos colocaban al lado de las fábricas para que los obreros no tuvieran tiempo ni ganas de pensar en nada tras el trabajo, se han sofisticado en forma de servicios varios, no ya separados en tiempo (cerveza después del turno), si no sutilmente integrados en la jornada laboral. Supongo que todo esto se ve reforzado, y obviamente aprovechado por las empresas, por cierto, componente de egoísmo, propio de jóvenes trabajadores, acostumbrados a vivir en el ya diluido espacio real-virtual y dispuestos diluir su espacio-tiempo de casa-trabajo-ocio.

Otro tema para otro post, que merece cierta reflexión aparte, es el de los trabajadores de WeWork: La gente que trabaja limpiando, recogiendo, reponiendo y en definitiva haciendo que el edificio no se convierta en una pocilga de desenfreno milenial.

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