Viernes 13, primer día en
Irlanda de cierre de guarderías, colegios, universidades y demás edificios
públicos por decreto del gobierno como medida para contener la expansión del
virus de moda, el covid-19. La situación en China aparecía terrible,
apocalíptica casi, pero en Europa estábamos a salvo. Hasta que cayó Italia y poco
a poco al resto de países de Europa. Lo que parecía cosa exótica y lejana, allí
en China, ya no hacía tanta gracia cuando este se presentaba llamando a las
puertas de Europa, tan segura, limpia, civilización superior que controlaría el
virus sin problema. Quizá esta confianza de la gente subestimó el potencial
infeccioso del virus. Falta también de interés en seguir las normas de higiene,
mantenerse en casa, no viajar a lugares afectados, muestra del egoísmo de la gente
– “¿Cómo voy a cancelar mis vacaciones por un virus? ¿Cómo no voy a salir a
tomar algo?¡qué haga algo el gobierno! “. Y así sucedió en Italia y en España…
En Irlanda
ocurrió muy rápido. Jueves 12 de marzo, 11am, el gobierno emite un comunicado con
las acciones de control y contención contra el covid-19, que serán efectivas
desde las 6pm desde ese mismo día hasta el 29 de marzo. Después de haber estado
unos días tonteando, que si cancelar o no las celebraciones del fin de semana de
San Patricio, la situación se agrava, obviamente el virus se extiende forma exponencial,
y el gobierno se ve obligado a tomar medidas más drásticas. El pánico cunde,
más si cabe, como si hubiese una guerra en ciernes, y la gente se lanza a los
supermercados a llevarse de todo. Da igual lo que fuese, pero principalmente
pasta, arroz y latas de atún. Y frutas y verduras. En un país que más allá de
las patatas y la col no consumen mucho más verde, por lo general, ver estantes vacíos
de esta sección fue más que sorprendente.
El viernes fui a
trabajar como un día normal. Nos habían sugerido trabajar desde casa si así lo
queríamos, pero la oficina seguiría abierta hasta nueva orden. Al salir ya noté
menos ruido de los coches y menos gente por la calle. Por Grand Canal Road el
tráfico de bicicletas era prácticamente cero, los peatones no se aglomeraban en
los pasos de cebra, apenas había más que coches que un sábado. Además de los
peatones, los coches parecían espaciarse de más, manteniendo la distancia de
seguridad, tanto por colisión como de contagio de virus. En el cruce de Lotts Street
la empleada abría la tienda con una mascarilla puesta. Al ser de asiática
oriental, china podemos presuponer, la situación era más interesante en caso de
que alguien entrase a la tienda, particularmente considerando esa vertiente
racista que ha impregnado la psique de alguna gente – “esto es culpa de los
chinos, la que han liado”, pensamiento en la mente de muchos, como si los
chinos estuviesen pasando un rato buenísimo con su nueva mascota microbiana de
nombre de película de ciencia ficción. En el aparcamiento de bicicletas de la
oficina se repetía el ambiente de la calle: pocas bicicletas, normalmente
abarrotado e imposible encontrar un hueco, hoy las bicis estaban aparcadas muy
espaciadas. De nuevo como si hubiese un temor subconsciente, o quizá ya
consciente, a acercarse no solo a otras personas, sino también a sus posesiones.
Todo está infectado, envuelto en letales virus. Dentro en la oficina más de lo
mismo, pocos compañeros, la cola de café en la cantina era inexistente.
A la hora de
comer fui a pasear Ringsend Park, a tomar el aire y desconectar un poco de la avalancha
de noticias sobre el virus. Es fantástico como el foco de los medios se mueve
hacia algo y nos hace olvidar el resto de las cosas tan rápidamente: “Elogiemos
a las mujeres científicas, no hay gobierno formado tras semanas de
negociaciones, viene otra tormenta – olvidadlo, ¡vamos a morir!”. El paseo por
el parque fue refrescante, no había nadie, como supongo estaría un domingo a
una hora tranquila. Los árboles y pájaros varios en sus labores y preparos para
la primavera, los narcisos en pleno apogeo, con sus cabezas de pétalos
amarillos y blancos balanceándose con el viento, indiferentes a todos los temores
humanos. Noté además que había más niños por la calle, por Irishtown y en los alrededores
de Ringsend. No jugaban a nada en concreto, quizá los niños de ahora, hijos de
la tecnología, no sepan jugar a nada sin ayuda de algún aparato electrónico.
Tenían pinta de no saber muy bien que hacer, simplemente no querían estar en
casa, o eso me parecía a mí. También había grupos de adolescentes o veinteañeros,
con la misma cara de aburrimiento, quizá pensando que estar en clase no estaba
tan mal. Era curioso ver a estos chavales jóvenes por esa zona, donde en mi experiencia
normalmente solo hay gente más mayor, trabajadores de las oficinas, mientras
que niños y adolescentes están en clase. Un encuentro curioso, mismo escenario,
pero actores de obras diferentes.
En la vuelta a
casa noté más gente, quizá la gente volvía de las oficinas después de recoger equipo
que necesitasen para trabajar desde casa en los próximos días o semanas. O meses,
como pronosticaban los agoreros del colapso. Comentaban que la gente iba por la
calle con las pantallas del ordenador bajo un brazo y el teclado en la otra
mano. Vida moderna en estado puro. El ambiente que había experimentado hasta
ese momento era como de día festivo, poca gente, pero nada alarmante. Mi opinión
cambió cuando fuimos a comprar, lo que en principio sería la compra de la
semana, y que desafortunadamente quedó en un “agarra lo que puedas”. Fuimos al
Lidl y al Aldi de Rathmines Road, decidimos no continuar el periplo de compras
hasta el Dunnes y Tesco porque temíamos encontrar más de lo mismo. La escena en
estos supermercados era un tanto desoladora: la sección de frutas, verduras y panadería
arrasadas; la de carnes y lácteos tiritando; los congelados y bebidas alcohólicas
bien repletos - sorpresa. Habían ordenado cuarentena y habría puesto la mano en
el fuego a que la gente compraría toneladas de pizza y hectólitros de cerveza. Quizá
es que la mayoría de la gente ya tenía las casa atiborradas de eso y solo les
faltaba cumplir con la recomendación de consumir más fruta y verdura. A ver qué
cara ponían esos que no habían cocinado en su vida cuando viesen que las
berenjenas no vienen con instrucciones para el microondas. Pero qué digo, artículos
y vídeos online sobre cocina saludable de cuarentena vendrían a ayudarnos en
esta crisis. La otra sección de los supermercados arrasada era la del papel
higiénico, por algún motivo se había convertido en elemento preciado. Supongo
que la gente compró papel proporcionalmente a lo que había comprado para comer,
por la ley de conservación de la masa y todo eso.
Ya de vuelta de
nuestras compras pasamos al lado del pub Blackbird y vimos a gente sonriendo mientras
bebía pintas de cerveza a la luz de las velas. Como en un mundo paralelo, sin mantener
ninguna distancia, ni geles de alcohol a la vista. Ajenos a la histeria, o
quizá ya relajados después de haber arrasado por la mañana en oficina y supermercado,
tener los monitores instalados y la despensa llena, listos para el fin del mundo.
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