Está claro que lo propio, ya sea por costumbre o por pertenencia, no disgusta. O disgusta poco, al menos no a un nivel de repulsión. Sin embargo, el mismo órgano, apéndice, excreción o malformación en otros tiende a generar un cierto malestar.
En verano en particular, con mayor superficie expuesta las posibilidades de encontrar ese trozo de humanidad que nos gusta, atrae, incomoda o perturba se multiplican.
No obstante, un caso curioso son las uñas, a la vista todo el año. En constante punto de mira al estar sobre los dedos, que usamos constantemente en la era "digital" para teclear, pulsar y arrastrar sobre las diversas pantallas que nos rodean y/o llevamos a cuestas. Algo tan simple y neutro a priori como una uña puede ser algo extraño también. Por lo alargada, arrugadas, coloridas.
Veo a ese hombre sentado, atención completa dedicada a su móvil, de apariencia normal salvo por las uñas de los dedos con los que pulsa la pantalla. Grandes como mejillones rosados, de aspecto artificial, y aún así, tan repulsivamente real...Al menos no va en chanclas.
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