Hasta pronto Mr. Fox

 Me aproximé distraído a la ventana con la intención de cerrar un poco las persianas venecianas del dormitorio. Evitar así el deslumbre del sol de media tarde que se cuela entre las lamas y cortar posibles miradas indiscretas de los vecinos de enfrente, cuyo sofá y cristalera apuntan directamente hacia la ventana de la habitación. Andaba mirando el móvil, sin prestar mucha atención a mis alrededores, en piloto automático por lo conocido de la corta ruta entre salón y dormitorio, cuando al levantar la vista veo entre las lamas que hay algo sobre el tejado de la caseta del patio. Algo que no estaba ahí esa mañana. Algo que me devuelve la mirada, estático, atento. Como una estatua. O como un animal de plástico que alguien hubiera colocado sobre el tejado a modo de broma pesada.
Me quedo paralizado, intuyendo que, a pesar de la ventana, la persiana y la distancia él también me ha visto: es nuestro esquivo y nocturno vecino el zorro. Verlo de noche en algunas zonas es más o menos fácil, aunque llevábamos meses sin cruzarnos con él. Verlo en los patios de las casas es aún más raro, aunque alguna vez lo habíamos visto olisquear entre las macetas, valorado si esos recipientes no eran solo decoración y escondían algo de comida. Verlo a plena luz del día, en verano, sobre un tejado a la vista de todos era un evento improbable. Casi único diría yo.


El zorro está en buen estado, a pesar del pelaje más ligero del verano que los hace más delgados. Si no fuera por su inconfundible color rojizo y la cola rematada en blanco cualquiera pensaría que era un perro mediano. Intento torpemente manejar el móvil sin apartar la mirada, en un intento de mantener el contacto visual para transmitirle que no era una amenaza. Solo es un móvil, solo una foto, seguro que estás harto de que te las hagan. Avanzo lentamente hacia la ventana, asumiendo que reconocería cualquier movimiento brusco como una amenaza. Preparo el móvil abriendo la aplicación de la cámara de fotos.
Me parece tan imposible estar viendo al zorro así que pienso que una foto es demasiado riesgo. Puede salir desenfocada, o no ser lo suficientemente rápido y quedarme con una foto del tejado cochambroso. Decido que un video es mejor para evitar el chasco de una foto deficiente y capturará mejor la escena, para apoyar con material gráfico lo visto y compartirlo con M. Toco con el dedo el icono del video en la pantalla del video para empezar a grabar.
Me acerco más, lentamente - de momento he logrado que zorro no se haya asustado. Coloco el móvil entre las lamas de la persiana para captar mejor al visitante y narro la escena, como si se tratase de un documental muy casero. En el breve intervalo de manipular el móvil el zorro levanta las orejas y se mueve, hace un amago de saltar, pero se lo piensa dos veces y gira, escabulléndose entre la maleza que crece sobre el tejado y árbol del vecino, que riega con sus hojas lánguidas todo el lateral sur de la caseta.
Terminado el encuentro miro el móvil y me doy cuenta de que con las prisas no llegué a pulsar el botón de grabar, simplemente activé el modo vídeo. Y no es la primera vez que me pasa – maldito móvil. Pienso a posteriori que es uno de esos casos en los que es mejor dejarse de grabar y disfrutar del momento, sin suplementos tecnológicos a la memoria que te distraen del objeto de contemplación y evitan que formes un recuerdo con tu propio cerebro. 


Creo que el zorro sabe que nos vamos. Él lo sabe todo, no cabe la menor duda. Considero pues su visita como una despedida, como ha hecho otras tantas veces dejándose ver esas madrugadas de viaje cuando íbamos en bus o en taxi de camino al aeropuerto, dedicándonos una de sus miradas de espaldas o cruzando la calle con su paso alegre y descarado. Esperemos que no sea la última vez que nos encontramos señor zorro. Aunque sea en otra casa, en otra ciudad, en otro país.

Comentarios