Las noticias, presas de la necesidad de llamar la atención, o simplemente sumidas en la dinámica del sensacionalismo barato, proclaman que los tres próximos días el tiempo va a ser infernal. Menudo novedad. Para una isla en mitad del Atlántico esto significa frío, con lluvia y viento – no se trata desde luego de esa imagen típica de un infierno cálido y llameante. El tiempo veraniego de mayo parece llegar a su fin o en cualquier caso retirarse por un tiempo, para que lo sepamos apreciar, dejándonos un recordatorio de lo que es un verdadero clima atlántico– que a lo bueno uno se acostumbra rápido. En cualquier caso, como dice el refrán: "hasta el 40 de mayo no te quites el sayo". Tal cual.
Constato el oraje mirando por la ventana: las copas de los árboles se menean al son del viento. Se balancean de forma más dramática que en invierno, ahora cargados de hojas sus movimientos de resistencia ante el empuje del viento se hacen más exagerados. La típica ebullición mañanera de charlas aviares, con sus trinos, granizos y silbidos, ha desaparecido, tapada por el viento. Por el sonido del soplido que agita mil hojas y ramas, un lejano sonido sordo de un contenedor de basura cayendo al suelo, y la alarma de algún coche asustado reclamando la atención de amo. Los mirlos y petirrojos se han escondido en silencio, hasta las escandalosas urracas parecen haberse refugiado en lo más profundo de algún árbol, a salvo de los vaivenes. Las gaviotas en cambio han vuelto a hacer acto de presencia, sobrevolando alto, bajando y volviendo a subir, intentando sin éxito encontrar un hueco entre las ráfagas de viento por el que avanzar, girando y desapareciendo entre las casas, buscando un descanso para volver a hacer otro intento. Haciendo maniobras dignas de vuelo de exhibición alguna avanza en aquella dirección en la que se empeñan en ir con las alas plegadas formando una uve doble y con más cara de mala hostia que de costumbre.
Los frágiles cables que cuelgan entre postes de madera y fachadas de edificios también se ven propulsados por el viento, moviéndose ligeramente algunos, otros dando peligrosos latigazos. Desde la fachada de nuestra casa corre uno de estos cables que atraviesa en diagonal varios patios traseros y se pierde entre los árboles. Como una tirolina para ardillas o un cable específico para conectar a dos vecinos en particular. Las ramas cercanas, empujadas por el viento, hacen que el cable ondee de forma forzada, arriba y abajo, de un lado a otro. Parece como si el árbol buscase apoyo en ese fino hilo negro para evitar caerse en el vendaval. Aunque aún no ha sucedido, temo por que llegue una ráfaga de viento y arranque de cuajo el cable, quedándonos sin lo que sea que ese cable trae.
Tras las lluvias de media tarde aprovecho un claro en el que el viento y la lluvia amainan para salir a correr. La calle está prácticamente vacía si se compara con las ansias deportivas que había surgido en la gente en las últimas semanas. Supongo que el mal tiempo ha servido a muchos de excusa, aunque esta zona siempre había sido así, solía haber poco movimiento, el típico de una zona residencial. Las lluvias de la mañana han dejado el suelo húmedo y los troncos de los árboles oscuros. Hay ramas y hojas amontonadas en el suelo, húmedas, formando ya un tapiz otoñal. El “chaf chaf” al pisar en algunas zonas, el agua que salta humedeciendo y manchando la punta de las zapatillas, la ligera sensación de humedad cuando esa agua atraviesa la zapatilla y llega a la punta de los dedos de los pies. Definitivamente un ambiente otoñal. Salvo por ese aire que no es del todo frío, frío como en ráfagas, como alguien con un ventilador intentado enfriar un sitio muy grande del que solo llegan corrientes de aire de vez en cuando. Y por la mezcla de vestimentas que produce un cambio de tiempo rápido, la gente parece reticente a dejar atrás las ligeras ropas de verano, pero no quiere pasar frío. No puedes decidirse entre salir en chanclas y con un gorro de lana calado hasta las cejas, o con pantalón corto y un abrigo para atravesar el Everest.
Al pasar de vuelta por Mountpleasant Avenue veo en la callejuela que se dirige al centro de reciclaje uno de esos postes de teléfono, de los que tienen un abanico de cables que salen en forma radial, con una decoración peculiar: las enredaderas, invasivas e implacables, habían subido hasta la cima del poste y se habían extendido lateralmente formando un paraguas verde de hojas brillantes, usando los abundantes cables como varillas para tejer una red en el plano horizontal. El aspecto de esta obra misteriosa es una combinación entre hermoso, como de una de esas esculturas de jardinería hechas con plantas; y apocalíptico, debido al hecho de que realmente no es una creación humana con propósito estético, sino más bien un ejemplo de naturaleza indómita. Como si se tratase de la venganza de la naturaleza en un escenario donde los humanos han desaparecido y las plantas hubiesen tomado de nuevo el control, ocupando y trepando a cualquier reducto de civilización, aunque sea un mísero poste de teléfonos. No recordaba haber visto esto antes, a pesar de haber pasado cientos de veces por allí. Supongo que no percibimos toda la información de una vez, que vamos procesando en fracciones limitas que se van añadiendo poco a poco a lo que ya conocíamos o sabíamos. Como si se tratase de un cuadro al que vas añadiendo capas de pintura, para revigorizar aquellas partes que han perdido intensidad o añadir detalles de algo en particular, a medida que avanza el tiempo y esperando a que la pintura se haya secado lo suficiente, evitando mezclar colores y emborronarlo todo.
Comentarios
Publicar un comentario