El Sanjuanero

Dentro de lo cambiante del tiempo en la isla, que en general tiende a ser húmedo y ventoso, hay breves intervalos de buen tiempo entre mayo y junio. Pueden ser un par de horas en un día, en esos días en los que tienes "las cuatro estaciones", o con un poco de suerte un par de días. El día había sido soleado, cálido y con leve brisa, condiciones que por la noche continuaron, teniendo esa temperatura agradable en las últimas horas del día, ligeramente fresca pero apetecible después del calor diurno. Dejamos así pues la ventana abierta, la persiana subida, dejando un amplio espacio para que el aire corriese y refrigerase el salón. Teníamos la luz encendida, de forma un poco descuidada, pues es así como se te llena una habitación de mosquitos y otros insectos, llamados por la luz artificial que tanto les atrae. No obstante, consideramos que esa fauna no se ve por estos lares y no era motivo de más preocupación.

 En un momento determinado sentimos un zumbido, más bien un revoloteo, como de un pequeño pájaro, y vimos fugazmente algo que cruzó sobre nuestras cabezas directo hacia la luz de la lámpara, situada en el otro lado de la habitación. Tras un primer momento de incertidumbre, sin estar muy seguros de si se ha colado algo o no, sí era un pájaro o un insecto, miramos alrededor de la lámpara a ver si vemos algo. Un abejorro pensé yo; un pajarillo pensó M., que ya un poco angustiada estaba pensando en cómo íbamos a librarnos del animal y si íbamos a poder hacerlo sin tener que poner la casa patas arriba e iniciar una cacería en toda regla. Medio tendido en el suelo y ayudado de una pequeña linterna empecé a revisar el suelo bajo una pequeña estantería con libros y el sofá que están al lado de la lámpara. Tras mover un par de libros, que no cabían en la estarían rebosante y que vivían de forma temporal en el suelo, pude ver a nuestro visitante. Era un insecto, de un tamaño considerable, patas arriba, intentaba sin demasiadas ganas voltearse - parece confuso, quizá enfermo pensé. Además de su tamaño bestial pude ver que tenía el cuerpecillo peludo y con una serie de bandas. A priori no me pareció demasiado amigable, pero nunca había visto nada semejante y me era difícil decidir si era peligroso o no. M. no estaba por la labor de investigar sobre la naturaleza del bicho, así que la decisión rápida fue, aprovechando su estado indefenso, machacarlo cuanto antes. Me apresuré a coger uno de los pesados libros del suelo y lo dejé caer sobre nuestro visitante. Sonó un "chaf" como hueco, como al aplastarse algo vacío por dentro. Al retirar el libro no obstante pude ver una cantidad ciertamente sorprendente de una sangre rojo oscuro.

 Estaba hecho. Retiré el cadáver, limpié la escena del crimen y me detuve a observar al insecto desconocido. Era un escarabajo de unos 3 o 4 centímetros de largo, con unas antenas oscuras con forma de manitas abiertas, un cuerpo peludo, como de polilla, con unos triángulos negros y blancos en los laterales, y un final del abdomen puntiagudo, como un aguijón. Había visto escarabajos así en los museos y en los libros sobre insectos, nunca uno en directo; lo que me provocó cierta pena, por haber matado a un espécimen tan magnífico sin apenas haberlo visto. Decidimos que tirarlo a la basura no era apropiado, y de forma poco ceremoniosa lo reintegramos a la naturaleza tirándolo por la ventana.

Me quedé muy sorprendido al haber visto tal insecto por estos lares. Me invadió la inquietud de haber acabado, quizá por desconocimiento, con la vida de un ejemplar de una especie protegida o en peligro de extinción. Pregunté al oráculo (Google) y tras una pequeña búsqueda di con el nombre del visitante: "cockchafer" o "maybug", en castellano: escarabajo sanjuanero. Son bastante comunes en las islas, así que no se trata de ningún animal exótico ni en peligro. La Wikipedia me informa de que viven tres o cuatro años como larvas en el suelo, y solo viven unas cuatro o cinco semanas en fase adulta, que coinciden con el mes de mayo (como indica el nombre en inglés), para pelearse, procrear y disfrutar de la vida de un escarabajo volador. Por lo visto suelen colarse en las casas por las chimeneas, pensando que son la cima de un árbol, o por las ventanas abiertas durante las noches cálidas, atraídos por la luz. Pensé que era una existencia terrible, casi como un castigo mitológico por haber sido malvado en una anterior vida: pasas siendo un gusano durante años y un escarabajo unas pocas semanas, que se pueden acortar si confundes árboles con chimeneas o si decides aventurarte a ver de cerca aquella luz.


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