Empezó a aumentar
la tensión en el ambiente debido a la eminente e imparable entrada de la
coronaera en la isla, seguida por la instrucción de quedarse en casa lo máximo
posible por parte del gobierno, que nadie reparó en que hacía buen tiempo. O al
menos así me pasó a mí, acostumbrado a mirar diariamente la previsión meteorológica,
en un ejercicio de adivinación y previsión de la dosis diaria de viento y
lluvia. Así es, casi en un giro cómico de la naturaleza los días mejoraron,
mejor temperatura y sol, mientras los humanos nos quedábamos en nuestras casas,
a resguardo de los virus que acechan, invisibles, escondidos en cualquier
parte. Todo cambió una tarde, tras un mañana de sol y calma, en la que el
viento reapareció con fuerza esa tarde y durante toda la noche, como queriendo
recordarnos que el buen tiempo es momentáneo y debemos aprovecharlo, pues
enseguida puede cambiar. Fue un aviso, un día de vendavalera para
recordarnos que estuviésemos alerta. Tras eso, unos cuantos días más de sol y
temperaturas récord de calor se sucedieron hasta el domingo pasado. De manga
corta y chanclas a jersey y chubasquero, aire tan frío que se formaban nubes de
vaho al hablar y respirar, ojos entrecerrados no por la luminosidad del sol si
no por la llovizna continua. Se agradecía en cierto modo el cambio, aire fresco
y un poco de lluvia, como para limpiar el ambiente de la carga negativa que se
había acumulado estos días. Parecía por otro lado que no íbamos a tener días
como los pasados en un tiempo.
Así como la
percepción del tiempo meteorológico cambia debido a estar confinados, sin
demasiado contacto con el mundo exterior más allá de lo que proporcionan las
pantallas electrónicas, otros asuntos que habían sido importantes hasta ahora
quedan en un segundo plano. Lo importante ahora, claro está, es salvarnos de la
catástrofe, salvar a la humanidad, no queda espacio para más, no podemos dejar
de hablar de ello hasta alcanzar un estado de éxtasis ansioso colectivo. A
parte de las noticias típicas, hay ciertos avisos sobre el efecto en la
economía debido al parón por la cuarentena, los puestos de trabajo perdidos y
demás avisos sobre el capitalismo herido. Avisos de corte negativo sumamente
innecesarios, pues son suposiciones que no ayudan a mejorar el actual clima social.
Se ha olvidado, o forzado a un lado, la otra gran amenaza para la humanidad y
para el planeta: el actual modelo de capitalismo industrial de consumo.. Modelo actual e insostenible por otra parte. Esta
amenaza se presenta y nos solemos referir a ella en sus efectos planetarios
como cambio climático (quizá el más importante efecto y aspecto), extinciones
masivas de animales y pérdida de ecosistemas por actividades humanas,
contaminación por plásticos de los océanos y demás masas de agua, etc.; y en
sus efectos en las poblaciones humanas como desigualdad social, explotación de
países subdesarrollados y en vías de desarrollo, etc. En realidad, estos son
los efectos; la raíz del problema es la actividad humana en su actual formato, el como se ha entendido la economía en un consumo de recursos sin igual en la historia de la humanidad. De la misma manera que curar enfermedades cardiovasculares está muy bien, también hay que
reconocer el origen de estas en un estilo de vida que producen esa degradación
y enfermedad, y quizá además de tratar la enfermedad ya generada haya que
tratar el origen de esa enfermedad. Hubo a finales del año pasado y principios
de este, movimientos por el cambio climático (Greta y cia, y los de Extinction
Rebellion entre otros) pidiendo acciones más efectivas y claras a los
gobiernos, más allá de las chorradas inefectivas e inconclusas que se habían
hecho hasta ahora. Hasta ahora había sido recetar al enfermo de
arterioesclerosis con un infartito en ciernes unas pastillas
cada mañana y que comiese menos alitas de pollo y cambiase la panceta por
mantequilla para desayunar - con eso le bajaría el colesterol y la rigidez
arterial seguro, pero no solucionaría el origen de esas arterias saturadas y
solo pospone el trauma cardiaco. De mismo modo, reducir un poco la emisión de
CO2 ayuda más que seguir aumentándola, pero hoy en día no hay solución
tecnológica que permita mantener los niveles de actividad y consumo de energía y recuros actuales
(ni incrementos a futuro) sin todos los efectos asociados de contaminación y danos a ecosistemas. Es
decir, el modelo actual es insostenible, por más Teslas que compremos (quien
pueda, claro) y parques eólicos que hagamos, el principio de una solución
requiere, en mi opinión, cambios más profundos en el sistema económico y
en los patrones de consumo.
En esta situación
de supervivencia ficticia que, generalizando y sin entrar en particularidades
de colectivos o personas más desfavorecidas, vivimos en Europa y otros países
desarrollados, a mi parecer se han dejado de lado ciertos compromisos con el
medio ambiente - tenemos suficiente en lo que pensar, pero no por ello hay que perder la visión global de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. El que me parece más evidente ha sido el de reducir el uso de
plásticos y de envases de un solo uso, normalmente de plástico. Al principio
cayeron las tazas y termos reutilizables en cafeterías, por motivos de higiene.
Alimentos que se habían librado de los envoltorios de plástico vuelven a estar
recubiertos, en una supuesta protección contra los virus. La fatiga mental y la
búsqueda de confort hace que compremos más alimentos preparados y normalmente
con más envoltorios. Añadamos además el incremento de envases de comida para
llevar de aquellos restaurantes que siguen abiertos solo para envíos de comida
preparada a domicilio. El aburrimiento combinado con el “mono” de no comprar
induce a hacer más compras online, dopamina en forma de carrito de la compra,
que involucran trasportes y más envoltorios. Y por supuesto, los muy necesarios,
pero mal desechados o simplemente tirados al suelo, elementos de protección que
se van a contar por millones: mascarillas y guantes, muchos de ellos de un solo uso.
A pesar de la situación y el estrés asociado hay que valorar las decisiones que
tomamos al respecto de lo anterior y en elementos similares: ¿es necesario que
pida comida a domicilio todos os días?, ¿es necesario que compre esto?, ¿puedo usar
mascarillas lavables?, ¿necesito realmente salir a comprar otra vez y ponerme
guantes otra vez?, ¿necesito hacer otro pedido online de cosas? Es un buen
momento para evaluar como las decisiones individuales que tomamos, que a priori
pueden parecer insignificantes e invisible, tienen un impacto a mayor escala
cuando son adoptadas por la comunidad o población en su conjunto – ejemplo al
caso con la cuarentena y las medidas de higiene y distanciamiento en la
propagación de casos del virus.
Hay varias
vertientes sobre cómo acabará la pandemia y de cómo afectará a cada capa de las
relaciones y actividades humanas, desde los que pronostican una debacle y gran
depresión económica, hasta los que ven una oportunidad de cambio social,
ambiental y económico. Son al fin y al cabo opiniones más o menos fundadas, pues
pocos ejemplos similares hay en la historia que puedan ayudar a predecir la
situación futura y hacer un análisis más profundo que proporcione mayor
certitud. Tarea difícil dada la complejidad de tratar un problema a tantos
niveles (social, económico, salud pública, relaciones internacionales, etc.) a
escala global. Y, por otro lado, siendo un poco cínico, si tan buenos los hay
prediciendo podrían haber predicho la situación actual, supongo, y dejarse de
darse bombo con teorías tan probables como las del resto. Volviendo a la raíz
de problema mencionado anteriormente, el sistema económico actual se basa en el
consumo. Consumo salvaje y desmedido, tan embebido en nuestro día a día que no
somos ni conscientes. Si el pulso vital (consumo) del enfermo (economía) es
débil, es probable (y necesario) que se produzcan cambios económicos para intentar recuperar los puestos de trabajo perdidos, recuperar
niveles de consumo y actividad pre-pandemia. La solución para volver a donde “estábamos” – el paraíso perdido - puede hacerse de muchas formas, supongo. La idea de que esto,
el caos pandémico, es una oportunidad para reformar el sistema y cambiar cosas
es muy tentadora, pero es probable que estos cambios a nivel gubernamental
sigan las mismas líneas de capitalismo industrial de consumo que sucedieron en
crisis previas, sin observar y sin considerar aspectos ambientales ni sociales (merecerían
otro post aparte), postponiendo de esta forma acciones de esa supuesta agenda
contra el cambio climático hacia un futuro: ahora no es el momento, dejémoslo
para más tarde. El discurso de muchos industriales, empresarios y políticos sería
algo así (yo lo imagino con la voz chillona y dejada de Jerry Seinfeld en unos
de sus monólogos): Lo importante es la economía no tenemos tiempo para
preocuparnos si los océanos están más o menos contaminados o de si ya no quedan
tigres en Borneo; venga ya, 2000 toneladas más o menos de CO2 no van a cambiar
nada y necesitamos seguir produciendo; mira, mira como sube el consumo de barriles de petróleo, hemos vencido al virus, estamos como a finales de 2019; hemos sufrido mucho, tenemos que
reactivar la economía a toda costa y que vuelva la confianza para seguir adelante.
Por tanto, la
esperanza de cualquier cambio es improbable que esté asociadas a los políticos
y sus decisiones, y queda así en la lección aprendida por la gente: acciones a
nivel de comunidad y población pueden tener un gran poder a mayor escala. En
este caso, y como primer paso, sometiendo a escrutinio y crítica ese supuesto
derecho individual al consumo desenfrenado, que induzca a un cambio en la
concepción del consumo como ocio, y de forma que cada persona valore si la
repercusión de sus decisiones asociadas al consumo, individuales pero repetidas
el tiempo y que sostienen el sistema, le merecen la pena a nivel personal,
global, ambiental, e incluso moral.
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