La caseta del patio

Cuando visité por primera vez el apartamento pude captar que había un patio. El apartamento está en lo que deduje era una extensión hacia el patio trasero del edificio original, de forma que las dos ventanas del salón-cocina daban directamente a un muro gris de moretero enfoscado. El edificio cercano, al que pertenecía el muro, no era muy alto (parecía también una extensión como dónde yo miraba), de forma que el sol sobrevolaba lo suficientemente alto para llenar el salón de luz, al menos a ciertas horas y sobretodo en verano. Buscando un ángulo se podía ver el patio trasero de los vecinos.
La habitación dormitorio, al final del piso, tenía dos ventanas situadas en paredes contiguas, de forma que se veía el lateral y el fondo del patio trasero del edificio. A traves de la ventana lateral se veían los pálidos y raquíticos árboles de los patios de los vecinos, era final de enero y no tenían mucho ímpetu todavía. La ventana del fondo daba al patio, en el no había nada remarcable, un suelo de grava y una caseta con un tejado de chapa, ni una brizna de vegetación en cualquier caso. Al fondo se veía una sucesión de chimeneas de cerámica, tejados, ventanas y partes traseras de edificios vecinos, de difícil ubicación, pues aparecían como fundidos en una serie idéntica de planos grises de tejados y muros blancos, apelotonados sin ningún orden aparente. Al salir, después de terminar la visita vi que había una escalera que se dirigía hacía abajo. Parecía haber una ventana o una puerta con una cristalera por la que se colaba la luz. No me molesté en bajar, me habían dicho que no podía dejar la bici allí abajo.

Finalmente nos mudamos a ese piso, el mejor que encontramos, aunque seguía molestándome el hecho de no poder dejar la bicicleta en el patio - dejarle expuesta en el frente, a la vista de borrachos de fin de semana no me agradaba. Un día, llamado por la curiosidad decidí bajar a ver qué había en el patio. La puerta que deduje llevaba al patio, y por la que entendí que entraba la luz que vi aquel primer día, estaba cerrado a cal y canto. Un candado grande, con la clara intención de cerrar la puerta y evitar que nadie entre. O salga. No era un candado de decoración que buscase dar cierta sensación de seguridad. Me sorprendió un poco, pues pensaba que puerta hacia las veces de salida de emergencia en caso de incendio. Pensé en escribir a la agencia que gestionaba el edificio para preguntarles por cómo se podía salir al patio, pero finalmente se me olvidó.

Recientemente notamos que se encendía una luz en el trozo de patio entre la casa y el muro de los vecinos. La luz era blanca y potente, e iluminaba prácticamente la cocina y el salón por la noche. No podía ser la luz de algún vecino dada la potencia. Un día nos asomamos, desde la ventana, y vimos que se trataba de un foco exterior, que parecía activado por el movimiento y la falta de luz, de modo que alguien que saliese al patio de noche tuviera luz. También delataba a aquel que salía con nocturnidad a fumar un cigarrillo. Entonces ya habrían quitado el candado y se podría salir al patio, pensé, o quizá alguien tenía la llave. Un día decidimos bajar a mirar y comprobamos que la puerta no tenía candado y se podía abrir. Saldríamos a tomar un café más tarde y aprovechar el sol de mediodía, que en verano y tras el cambio de hora está todavía inclinado hacia el este e ilumina el patio trasero.

Cuando salimos tuvimos un sensación rara. Reconocianos todo lo que veíamos, porque obviamente lo habíamos visto desde arriba, desde la ventana, pero todo parecía más pequeño. El muro que separaba nuestro patio del de los vecinos apenas levantaba un metro, un zorro o un gato lo salvarían sin problemas, hasta un humano lo podría saltar. La caseta que estaba al fondo resultaba ser más pequeña de lo imaginado. Su aspecto era incluso peor del que había visto, sin prestar probablemente demasiada atención, desde la ventana. La caseta parecía claramente abandonada, con cierto aire amenazante de colapsaren cualquier momento en una nube de polvo. La puerta era diminuta, como si quién hubiese levantado la pequeña construcción no se fiase demasiado de sus facultades y hubiese preferido no desafiar más la gravedad, dejando un muro de un alto justo para la puerta y un pequeño travesaño sobre el que apoyar el tejado. El lateral izquierdo parecía a medio terminar, con el marco de la única ventana de la caseta sobresaliendo del perfil del muro, con el enfoscado desconchado y algún ladrillo caído. El musgo verdoso del tejado que había visto en invierno había crecido en volumen y parecía que había sido reforzado por la presencia de una enredadera, que escalaba por el lateral y cubría prácticamente la mitad de este. Había visto a las urracas enredar entre las hojas, esconder y sacar cosas, lo que me daba una idea de lo frondoso que era el nuevo manto verde que cubría el tejado. La puerta parecía que no cerraba bien, o estaba entre abierta. A través de una rendija pude ver, desde la distancia, que parecía ser una especie de almacén de materiales de construcción: viejos tablones de madera, bolsas de cemento, herramientas varias. Había fantaseado, a la vista del siniestro aspecto de la caseta y como si de una novela de Stephen King se tratase, con que allí residía dormitando algún ser terrible que el casero no quería que viésemos. O era el lugar donde guardaban algún alijo de algo. Me recordaba también a un lugar donde el tal Carcossa de la serie True Detective podría vivir o dejar sus figuritas de ramas tras un ritual macabro. Sorprendía en cualquier caso que pese al estado ruinoso y a la evidente baja calidad de la construcción, la caseta siguiese en pie y aguantase el envite de los vendavales invernales.

El patio por lo demás era tan poco agradable como parecía, particularmente comparado con el de los vecinos, que tenían césped, árboles y macetas con flores. En este caso el patio trasero de nuestra casa era tan poco atractivo como el delantero, que simplemente contaba con un arriate lateral con arbustos y un pavimento de losas de hormigón gris. En el de los vecinos, como en otras casas, había una diferencia clara entre el patio delantero: hostil, sin ningún tipo de vegetación, superficies duras, prácticamente como un aparcamiento de supermercado; con el trasero: cuidado, con flores, árboles, agradable donde poder estar. La calle no tenía árboles y una acera relativamente estrecha, lo cual reforzaba esa sensación de simplicidad y agresividad estética, de ciudad de hormigón y coches, donde no había lugar para naturalezas descontroladas, que quedaban relegadas a los patios traseros. La razón para esa diferencia podía deberse también a una desconfianza en el prójimo, de modo que la parte más visible y pública de la casa era simple y fea, resistente al vandalismo, mientras que la interior estaba cuidada y era más interesante, un tanto salvaje incluso, donde las plantas pueden crecer, los pájaros anidar y los zorros cazar.

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