Fondos

Parece ser que uno de los artículos más vendidos online en estos últimos días es un fondo para las video llamadas - uno de ellos empezó como una broma, pero ya se comercializa, el mercado va casi tan rápido como la ironía. El fondo es físico, no es un fondo generado por el software, si no un panel de cartón rígido muy grande, con unas patitas para aguantar el panel erguido. Como un marco de fotos gigantes. O como un telón de fondo, pegado a la pared o sujeto a un soporte. No sé si habrá fondos con otras temáticas, el que resultaba ser el más vendido era un fondo que imitaba una estantería con libros. Puesto que la cámara del portátil o el teléfono solo cubre un pequeño ángulo, la estantería ficticia se puede colocar a la distancia deseada, ocultar el fondo real y sustituirlo por lo que deseemos: una librería, un salón señorial, un paisaje agreste, unas palmeras en las Bahamas. Como un croma barato con el riesgo de que se te caiga encima, o que brille raro y se descubra el truco visual.

El supuesto fondo de librería creado de broma por el diseñador
El supuesto fondo de librería creado de broma por el diseñador @eduardobera

No puede evitar pensar que esto sería solo el primer paso y que las ansias capitalistas de alimentar la rueda de consumismo y las inseguridades de la gente harían el resto. Si el fondo, el real, no nos gusta, lo cambiamos. Si me canso de mi fondo falso, compro otro. Con la ropa lo podemos hacer más fácilmente, cambiar de camisa, ponernos un sombrero quizá. Con la cara podemos jugar a mejorar el nuestro aspecto maquillándonos, ajustando la luz o distanciándonos lo suficiente para que el nivel de pixelado sea el adecuado (o emborronando la cámara adrede). Considerando que algunas cámaras de móviles tienen “embellecedor” facial, que te modifica brillos, agranda los ojos y marca las facciones, raro sería que no saliese al mercado algún plugin para las aplicaciones de videollamadas, o directamente para el controlador de la cámara, que permitiese embellecer nuestros caretos de forma sutil. Otra opción menos tecnológica, pero igualmente plausible sería utilizar unas máscaras, con el aspecto facial deseado. Menos ojeras, más pómulos, un poco de barba, más pelo aquí, menos allá.

Algo similar desarrolla David Foster Wallace en la “Broma Infinita” a propósito del salto tecnológico que produjo la posibilidad y popularización de las videollamadas, y que acarreó en la gente un estrés asociado a resultar presentables ante la cámara, requiriendo ciertos retoques en la cara de uno y el fondo que salía detrás. Esto explotó en un negocio ridículo pero fructífero en un momento, que consistía en la fabricación de complicadas máscaras de látex, que modificaban el aspecto más allá de la buena cara de haber dormido bien y haber disfrutado de un desayuno relajante al sol aquella mañana. El asunto llegó hasta tal punto, en la historia de Wallace, en los que la gente se hacía hasta trajes prostéticos para lucir un cuerpo estupendo. Todo esto provocó que en un punto la gente evitase salir de casa e interaccionar en directo con el resto de los conocidos, pues la imagen creada y proyectada en las videollamadas difería mucho de la real y esto les generaba ansiedades horrorosas. La evolución del asunto prosiguió en unos cartelitos que se colocaban delante de la cámara, mucho más baratos y menos engorrosos que las máscaras. El cartelito era como una mini foto que hacía las veces de fondo e interlocutor, aunque estático y sin vida, lo cual rompía el propósito principal de hacer una videollamada, pues no había intercambio visual (al menos en uno de los interlocutores). Al final, en un giro de 360 grados, la gente decidió que no merecía la pena toda la ansiedad de la videollamada, el coste adicional del equipo y el aparataje asociado, y se volvió al uso del teléfono normal.

Esto leído cuando se publicase la “Broma Infinita”, allá en 1996, podría resultar como una descripción cómica de un futuro distópico. Veinticuatro años más tarde la historia de las videollamadas sigue resultando cómica, más que por lo absurdo de la situación, por lo realista que es en nuestros días. El futuro distópico descrito por Wallace no acierta en el detalle del sistema, pero sí en la reacción ansiosa de la gente de proyectar una imagen exterior mejorada. Por otra parte, la proyección de la que se habla en la “Broma Infinita” es limitada a los que conoces y con los que hablas por teléfono, mientras que en nuestro presente actual es una proyección sin límite y tanto a conocidos como desconocidos – lo cual entiendo produce niveles de ansiedad proporcionales, pues la exposición propia y la recepción de proyecciones de otros es potencialmente inmensa.  En cualquier caso, entroncando con la “Broma Infinita”, hemos empezado con los fondos falsos y, sinceramente, espero que empecemos con lo de las máscaras, pero siendo irónicos y usado caras de otros o incluso, para aumentar el desconcierto, nuestras propias caras con mayor nivel de demacración. Y por qué no, para finalmente dejarnos de chorradas y que todo concluya en volver a llamar por teléfono.


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