El perro perdido y la fábrica de sueños

Era una tarde de final de verano, corría una leve brisa fresca que anunciaba la caída del sol. Aunque el aire se notaba todavía caliente, ya no por la acción del sol si no por calor refractario que emanaba del suelo, las paredes, y cualquier objeto achicharrado por el sol durante las largas horas del día. Aprovechaba que el calor amainaba a eso de las 8 de la tarde para dar un paseo a mi perro, Peanut, como cacahuete, pero en inglés. Pronunciado “Pinut”, de forma cariñosa le llamábamos “Pinusi”. El perro era una mezcla de galgo con alguna otra cosa, no tan delgado como un galgo, y de color marrón cacahuete, evidentemente. Salir a la calle antes era abrasarse y Peanut no llevaba bien la chicharrera, supongo que al ser de pelo corto estaba en general más fresco, pero se acababa tostando antes. Salí de este modo a dar una vuelta con Peanut, fuimos hacia el camino que va a la zona de los antiguos viveros, cerca de la carretera de Porzuna y avanzamos con paso vivo hacia el nuevo parque que habían creado a un par de kilómetros. El parque contaba con un lago más o menos en su centro, que se encontraba en una depresión del terreno, más o menos gradual desde la zona del parque y abrupta al llegar al borde, que tenía dos niveles: una terraza superior, con arbustos medio salvajes desde la que se podía acceder desde el parque, y un nivel inferior donde estaba la orilla y depósitos de algas, al que solo se podía entrar jugándose el tipo escalando hacia abajo. No solíamos ir al lago, pues el terreno no era muy estable, estaba muy inclinado en algunas partes y había orificios y grietas, producto de la erosión del terreno calizo, por los que temía nos cayéramos Peanut o yo al dar un mal paso. El lago quedaba oculto en su mayor parte por la arboleda que habían sembrado a su alrededor, y que es por donde solíamos ir. Sin embargo, ya de vuelta, antes de caer el sol, al llegar a una zona más clara, desde la que se podía atisbar un reflejo del lago con la última luz del día, Peanut se lanzó hacia abajo siguiendo la pendiente.  Ese impulso me pilló por sorpresa y decidí perseguir al perro para evitar dar un tirón y ahorcarlo con la correa. Intentando tranquilizar al animal mientras corría pendiente abajo, de pronto la correa se rompió y Peanut salió disparado. Del tirón se me cayeron las gafas al suelo y para cuando recuperé la vista vi que el perro había avanzado y estaba bordeando el lago en la terraza superior. Le perseguí como pude, esquivando las grietas y evitando acercarme al borde. Gritaba para que volviera, pero Peanut seguía avanzado y ni se giraba cuando le llamaba. El perro se paraba de vez en cuando a olisquear algún agujero o grieta en el terreno, lo que cual me permitió recortar distancia. Apunto estaba de alcanzarle, cuando, en una grieta muy oscura por las sombras del sol poniente, casi tan negra que parecía pintada con betún, Peanut empezó a ladrar acercándose cada vez más a su borde. Lo siguiente que vi fue el pequeño cuerpo marrón de Peanut desaparecer dentro de la negrura de la grieta, mientras sus ladridos se oían cada vez más distantes y apagados.
 

Me desperté del disgusto. Había sido un sueño, o más bien una pesadilla. Curiosamente nunca he tenido perro. Solía pasear un perro en verano, el de mis vecinos, que me lo dejaban a cargo a veces para pasearle y echarle un ojo un par de semanas cuando se ellos marchaban de vacaciones. Supongo que iban a un lugar no apto para perros, ahora hay muchos sitios dog-friendly pero antes no tantos; o simplemente preferían dejarlo en casa para evitarle el estrés del viaje y el cambio de aires, que lo mismo no apreciaba. En cualquier caso, a mí no me importaba y de hecho me gustaba salir a dar un paseo con él. Cualquier excusa es buena para dar un paseo al atardecer. Pero este perro no se llamaba Peanut: Peanut es el nombre de una perrita de raza dachshund (suena un poco afectado decir dachshund, pero es que “perro salchicha” me parece horrible) de unos amigos de Dublín. El parque y la laguna no existen, pero había visto fotos aquella tarde de unos bonitos paisajes con lagos y montañas de fondo, con árboles entre la bruma. Supongo que mi cerebro fabricó el sueño usando información de experiencias previas para preparar la historia onírica.
Hablando esa misma mañana con M. , después de ir a por un café a la cafetería de la esquina y mientras nos los bebíamos en las escaleras de la entrada de casa, llegamos a la conclusión de que no se puede soñar nada nuevo, todo sueño es un collage de experiencias previas. M. había tenido una pesadilla rara aquella noche también, que involucraba sentimientos extraños, pero de una forma artificial, que no le pareció real, porque no había tenido esa experiencia previamente. Nuestro razonamiento fue que los sueños pueden parecer raros, surrealistas, aterradores, lo que queramos, pero todos suceden por asociaciones más o menos inesperadas de cosas que hemos conocido, visto, oído, o simplemente vivido de alguna forma. Los sueños que nos trasladan a experiencias desconocidas para nosotros, como volar o disparar un arma de asalto, son simplemente recreaciones basadas en experiencias similares, adornadas con otros inputs para darle realismo. Estos extras, consideramos, serían principalmente producto de cosas vistas (cine, televisión, videojuegos), pues es la forma más fácil de recrear, copiar sobre lo visto, que digamos inventar de cero con lo que escuchas o lees.  No obstante, las emociones que nos producen no son genuinas, es una especie de amalgama rara.
 

Puede que no sea así y nuestro cerebro si tenga acceso a una serie de experiencias inefables compartidas por toda la humanidad. Una base de datos de sueños a nivel supra consciente. Aunque  me gusta la idea, dudo que sea así. Esto no quita que la capacidad de imaginar no exista. Sí debe existir la imaginación en cierta medida, si no estaríamos estancados en el mismo punto creativo desde milenios (aunque quizá lo estemos y no nos demos cuenta), pero esa imaginación no ocurre en los sueños. Los sueños serían como hora de la telenovela del cerebro, se toma un descanso, deja al subconsciente al mando, pero le dice que haga un refrito con lo que tenga a mano, nada de inventar nada. En cualquier caso, asumiendo que la imaginación pueda colarse en los sueños, ¿hasta qué punto se pueden imaginar emociones?

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