Maniquíes

Las nuevas medidas de la coronaera obligan (o recomiendan) a distanciarse dos metros de otros humanos; distancia arbitraria, tan válida como otra cualquiera, pero que en un apresurado intento de permitir que la gente se pueda mover por la calle, pero sin apelotonarse parece haberse dado por buena. Arbitraria puesto que no hay demasiado fundamento científico detrás: al principio fue 1m, luego 1.5m, ahora 2m, y los casos siguen aumentando a pesar de ello. He visto algún cartel de 2.5m, otros estudios sugieren hasta 8m. En cualquier cao, dejando a un lado la validez del distanciamiento, mejor dos metros que nada supongo, y que al fin y al cabo solo pretende poner un poco de orden en las masas, han aparecido en varios sitios señales, marcas en el suelo, para saber dónde colocarte cuando haces cola para entrar a algún sitio. Por supuesto, dentro de los supermercados no había forma de respetar la distancia si no se limitaba la entrada a un número reducido de personas, de modo que al final los establecimientos han colocado un control en la puerta a tal efecto y consecuentemente se han formado colas para entrar:  En los sitios con marcas en suelo la gente siente cierta obligación a respetar la distancia, en otros sitios no han puesto nada, confían en la gente y claramente no se respetan los dos metros ni por asomo – falta de propiocepción supongo. 
En una de estas colas esperando para entrar al supermercado, a Dunnes Stores en el Swan Centre, no pude evitar fijarme en los escaparates. La cola avanza lo suficientemente rápida para que no sea una espera tediosa, pero lenta a pesar de todo, lo que permite dedicar más tiempo a observar los alrededores. En este caso, los escaparates de las tiendas. Escaparates los hay de muchos tipos, algunos muy mínimos, otros son como escenografías de lo que venden, con maniquíes más o menos realistas, en posturas extrañas. Sin tener cara ni facciones los maniquíes parecen transmitir sufrimiento, con esas posturas extrañas y las manos retorcidas o apretadas, como con resentimiento por estar congelados en esas poses ridículas. Congelados en esos espacios irreales, con objetos presentados en conjunto sin mucho sentido, que pretenden simular como quedarían todos esos chismes en nuestras propias casas, o vestidos con combinaciones imposibles de ropa, camisas, pantalones, cinturones y bolsos que nadie en su sano juicio se podría; pero que los maniquíes, con gesto hierático, imperturbable, acrecentando en muchos casos por esa falta de rasgos faciales, pero también por su pose y la situación estática a su alrededor que aguantan sin rechistar. Y como no iban a hacerlo, supongo, siendo de duro y frío plástico asentimental.  
En este ejercicio redundante de usar maniquíes antropomorfos para intentar mostrar que lo que venden las tiendas es para humanos, más o menos discutible cuando hay que presentar ropa, innecesario para otros artículos, hay maniquíes de varios tipos. La primera división vendría según su cara: están los sin cara, con ciertos rasgos, y los hiper realistas con labios pintados y hasta pestañas, con bocas entreabiertas, como pidiendo auxilio en un grito a una frecuencia imperceptible. Una segunda categoría vendría derivada en lo relativo a las extremidades: en algunos casos articuladas, como un modelo para pintar, ligeramente articuladas, como un Playmobil, o totalmente rígidos. Y una tercera división, la mas macabra, en qué nivel de mutilación se encuentran: los hay de cuerpo completo, los de cuerpo completo sin cabeza, los de solo tronco con o sin cabeza, hay algunos incluso con medios brazos o medias cabezas. Es curiosa la variedad, e interesante pensar que esculturas clásicas, similares en el concepto de representar al ser humano, son tenidas por elementos agradables estéticamente, mientras que los maniquíes transmiten una sensación extraña. Es esa fina línea entre interpretar al objeto figurado, y su entorno, como una representación esquemática de un animal humano, y su entorno, o como algo prácticamente humano, demasiado humano, descendiendo al valle inquietante de percepción antropofórmica que genera repulsión. En el caso general de los maniquíes en las tiendas me inclino a pensar que es el entorno (la ropa, los muebles, la cafetera) lo que provocan ese choque a veces, a pesar de que los maniquíes son cada vez menos realistas, en un intento supongo de evitar un rechazo visual todavía mayor. 
No sé qué eficacia a la hora de vender tienen los maniquíes comparada con mostrar la mercancía tal cual, como en una frutería. Supongo que en un futuro no tan lejano todo este asunto resultará más complicado, y quizá perturbador, cuando se empiecen a usar hologramas y/o robots humanoides, para hacer una demostración completa de como sentarse en una silla o ponerse una chaqueta.

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