La planta baja del edificio de la
oficina no es realmente la planta de acceso. Debido a la pendiente del terreno,
no demasiada pero suficiente, existe una planta intermedia debajo de la planta
"baja". En realidad, a la planta de acceso la llaman planta baja, y a
la otra, planta baja superior. Esta planta baja tiene poca superficie y alberga
la recepción, los ascensores, una escalera para subir a la planta baja
superior, y una zona de espera con sillones y mesas bajas. En el espacio libre
entre los sillones y el muro que da a la calle colocan decoración, navideña en
diciembre, y el resto del año según consideran. Por el momento tienen puesto un
carro tipo tuk-tuk de Bangladesh, una larga historia, algo relacionado con un
proyecto allí quiero recordar. Puesto que existe esa diferencia de altura, la
planta baja tiene techos altos, que continúan hacia la planta baja superior,
dando una sensación de espacio y luminosidad, a pesar de lo pequeñas que son
las ventanas, muy adecuado para un espacio de bienvenida y espera.
En la zona de espera no suele haber mucha gente normalmente, salvo algún que otro visitante. La única excepción es la hora de comer, cuando la gente aprovecha para salir de la oficina para dar un paseo o ir a comprar algo fuera, en la que gente se espera allí antes de salir. Pueden ser unos minutos o incluso segundos, pero es suficiente para ver esas caras de medio aburrimiento y un poco de molestia asociadas al estar esperando; trauma aliviado por consultas compulsivas al móvil, en cualquier caso.
Un día saliendo a la hora de comer me detuve un instante a cerrarme el abrigo y pude ver a alguien sentado esperando. A pesar de que se escondía detrás del Irish Times completamente abierto, intuí que no era de la oficina, estaba solo y tenía un maletín al lado. Observando un poco más vi una mezcla un tanto extraña en su forma de vestir: el susodicho llevaba un reloj de oro y una camisa blanca con gemelos brillantes, que pude ver en las manos que sujetaban los laterales del periódico y asomaban como flotando; un sombrero de ala estrecha, trillby o similar, de tejido tipo tweed, que había dejado sobre la mesita que tenía delante; y, unas deportivas Mizuno naranja fosforito con unos calcetines medio arremangados de color gris, que pude ver ya que tenía las piernas cruzadas y el pantalón se había subido revelando las canillas. A todo esto, el tipo iba en traje, lo cual encajaría con casi todo de la vestimenta, a pesar de lo raro de llevar el sombrero. Sin embargo, no podía entender lo de ir con zapatillas de deporte super llamativas. Quizás pensó en ir andando y olvidó llevarse el recambio de zapatos. O quizá el tipo pasase de todo y tenía otras preocupaciones más importantes que las zapatillas. Quizá pensó que el sombrero y el reloj de oro equilibraban la balanza de formalidad en la vestimenta. Nunca llegué a ver a dónde iba, si llegaba o se iba, o con quién se reunía, afinaré la vista a ver si lo vuelvo a ver, el sombrero trillby y las zapatillas fosforitas no harán que pase desapercibido.
En la zona de espera no suele haber mucha gente normalmente, salvo algún que otro visitante. La única excepción es la hora de comer, cuando la gente aprovecha para salir de la oficina para dar un paseo o ir a comprar algo fuera, en la que gente se espera allí antes de salir. Pueden ser unos minutos o incluso segundos, pero es suficiente para ver esas caras de medio aburrimiento y un poco de molestia asociadas al estar esperando; trauma aliviado por consultas compulsivas al móvil, en cualquier caso.
Un día saliendo a la hora de comer me detuve un instante a cerrarme el abrigo y pude ver a alguien sentado esperando. A pesar de que se escondía detrás del Irish Times completamente abierto, intuí que no era de la oficina, estaba solo y tenía un maletín al lado. Observando un poco más vi una mezcla un tanto extraña en su forma de vestir: el susodicho llevaba un reloj de oro y una camisa blanca con gemelos brillantes, que pude ver en las manos que sujetaban los laterales del periódico y asomaban como flotando; un sombrero de ala estrecha, trillby o similar, de tejido tipo tweed, que había dejado sobre la mesita que tenía delante; y, unas deportivas Mizuno naranja fosforito con unos calcetines medio arremangados de color gris, que pude ver ya que tenía las piernas cruzadas y el pantalón se había subido revelando las canillas. A todo esto, el tipo iba en traje, lo cual encajaría con casi todo de la vestimenta, a pesar de lo raro de llevar el sombrero. Sin embargo, no podía entender lo de ir con zapatillas de deporte super llamativas. Quizás pensó en ir andando y olvidó llevarse el recambio de zapatos. O quizá el tipo pasase de todo y tenía otras preocupaciones más importantes que las zapatillas. Quizá pensó que el sombrero y el reloj de oro equilibraban la balanza de formalidad en la vestimenta. Nunca llegué a ver a dónde iba, si llegaba o se iba, o con quién se reunía, afinaré la vista a ver si lo vuelvo a ver, el sombrero trillby y las zapatillas fosforitas no harán que pase desapercibido.

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