Las monedas - faltan pieza'




Como ha pasado con la música, el dinero ha cambiado de soporte para su uso y disfrute. Hace unos siglos la música solo se podía escuchar en directo, propio de uno mismo o de un tercero, no había forma de volver a escuchar aquel concierto o esa canción. Más adelante diferentes soportes físicos aparecieron, con mayor o menor éxito, más o menos elegantes, que permitían grabar y reproducir música: discos de pizarra, vinilos, casetes, cedés, pinchos mp3, iPods y por último los móviles, como herramienta multi-función. En éstos la música se guarda o se recibe a través de aplicaciones o directamente desde internet, sustituyendo el soporte físico de contenido específico y limitado (un vinilo con una lista fija de canciones) por un servicio (una aplicación con acceso a miles de canciones, álbumes y artistas).  


En el dinero el cambio está siendo más lento, o quizá en la música ha sido muy rápido. Puede que sea porque no se había inventado nada mejor y lo suficientemente seguro hasta el momento para sustituir esas piezas redondas de metal. También el concepto en sí de moneda es ya bastante complejo, y etéreo incluso, como para complicarlo más con otro formato que no fuesen monedas y billetes, embebidos en el subconsciente colectivo como lo que es "la riqueza, el dinero". Hace relativamente poco, en la larga historia del dinero, apareció la tarjeta de crédito y más recientemente los pagos electrónicos, a través de servicios online y banca en el móvil. Uniéndose así a la misma tendencia que la comentada en la música: cambio de soporte físico por un servicio digital. En general esto se traduce en una pérdida del componente material, que deja de ser disperso y se concentra en uno único lugar (al menos físicamente al nivel que nosotros vemos): todo va en el móvil, no hay que cargar con nada adicional, ni walkmans, ni monedas ni nada que no sea el móvil. Eso sí, si se te olvida el móvil te puedes quedar colgado sin música (no demasiado importante), sin dinero (puedes tener algún problema), o en casos extremos incluso sin personalidad (ve al médico, anda).

No obstante, no todo es blanco o negro, hay una cierta superposición de estos sistemas, ya estemos hablando de música (disco de vinilo y Spotify) o de dinero (usar metálico y la tarjeta). Aunque diría, al menos basándome en mi experiencia, que en el día a día el dinero en "soporte físico", en cash, es más común que la música. Es decir, es más probable que tengas un billete de 5 euros o unas monedillas de cobre ocultas en la cartera a que tengas un vinilo o un cedé que escuches en casa - no vale contar los que tienes como decoración o abandonados desde hace una década. Aunque desde luego hay fieles tecnológicos que ya pagan todo con Revolut o similares y las tarjetas les parecen del siglo pasado (literalmente) y el cash como un objeto arqueológico.

A principios de año por diversas circunstancias me vi con un montante en metálico más voluminoso de lo habitual. Superar "lo habitual", que venía siendo cero euros tampoco es que sea una hazaña muy difícil, en cualquier caso. A parte de las monedas que rondan en la mochila del gimnasio, esos 50 céntimos dorados de lomito serrado, y que uso en las taquillas, la mayor parte de las veces pago con tarjeta. Incluso cantidades pequeñas, un euro y poco del pan, seis euros de cafés, da igual la cantidad. Aunque siendo tan bajas parece un poco ridículo. Al menos a mí me lo sigue pareciendo, supongo que todavía tengo cierto remanente de que la tarjeta es para pagos importantes de cierta cantidad, no para minudeces. Tampoco había sentido necesidad alguna de no usar la tarjeta: Los pagos con tarjeta son más rápidos y cómodos, sin estar buscando monedas que se esconden, que se caen y que huyen rodando, ni desdoblando billetes para ver si es de cinco o de cincuenta - quizá use una cartera muy pequeña, pero ya sabéis a qué me refiero. 

Sin embargo, cuando me dio por mirar el extracto bancario del trimestre, que me llegó a final de año, me di cuenta de que obviamente (y afortunadamente) figuraban todos los pagos detalladamente. Con tal precisión y cantidad de información que se podrían sacar tendencias y patrones, de consumo, de lugares, e incluso de gustos. Más datos, muy útiles para uno mismo, para controlar mejor los gastos y advertir si hay anomalías o pagos inesperados. Pero también muy jugosos para el banco y otras empresas que pueden usar esa información para venderte productos, recomendarte financiaciones o, en el peor de los casos, pedirte más dinero en seguros e hipotecas si detectan que tu tendencia de gastos no es la adecuada o presenta un riesgo determinado. Además, una parte cada vez más importante de las compras se hacen online, que obligan a usar métodos de pago digitales, y que permiten otra capa de información (búsquedas, webs visitadas, web de compra, artículos vistos, etc.). Así que teniendo ese cash disponible decidí ser un ninja de la pasta, invisible a los ojos del gran hermano financiero. Indetectable. En cierto modo me di cuenta de que usar metálico era, dentro del sistema capitalista, lo segundo más antisistema que podía hacer (lo primero es no consumir, pero eso es bastante difícil). Al menos supondría un cambio en cuanto a modificar la información que el banco tenía de mis gastos. No es un propósito de año nuevo muy típico o excitante, pero pintaba entretenido cuanto poco.

Volviendo a usar monedas me di cuenta del olor que tienen. Te dejan las manos con ese aroma de metal sudado, como rancio. Obviamente el metal en sí no huele, es la capa adquirida de mugre y sobe través de la vida trashumante de la moneda, viajando por manos, bolsillos y carteras de desconocidos. "Lávate las manos después de coger dinero, que lo ha tocado todo el mundo" o frases similares de los padres a sus hijos demuestran que es conocimiento popular ese carácter viajero, y falta de higiene (de los usuarios, el dinero bastante tiene). He acumulado, como siempre pasa, un montón de monedillas de 5 y 10 céntimos, que uno no sabe cómo gastar y se van acumulando hasta encontrar el momento propicio. Las de 1 y 2 céntimos las han retirado ya, afortunadamente, aunque todavía te pueden devolver algún ejemplar en algunos sitios. Un kilo de esas monedas puede que sean como seis euros, te las podrían cambiar al peso más que contándolas. Son estas monedas de céntimos las más olorosas y renegridas, poco valor, pero mucho olor. Supongo que la aleación que usan para ellas es la más pobre y no aguanta el tute, convirtiéndose en fichitas informes, sin lustre, marrones que montan pandillas ruidosas en tu cartera, esperando a que digas "ya está bien, todas fuera" y las metas, como en ocasiones anteriores, en una bolsa o recipiente con más congéneres centimeros

Después de pagar con contactless con la tarjeta, pagar en metálico no es tan fácil, hay que contar de nuevo las monedas, ver qué llevas, y tener el dinero más o menos listo para pagar. Hay cierta impaciencia en las cajas de algunos supermercados y andar buscando y rebuscando esos 20 céntimos esquivos requiere de cierta sangre fría. El otro día noté la presión, calculé mal y viendo que si removía mucho el monedero se me iba a escapar el rebaño de monedas, decidí pagar con tarjeta. Bueno, una pequeña derrota, pero por el momento seguiré usando cash en mi micro-cruzada contra el control bancario. 

En cualquier caso, en unos 5 años o así es probable que, con las aplicaciones móviles, instaladas también en relojes y bandas inteligentes, o simplemente con reconocimiento de retina y/o dactilar, podamos hacer la totalidad de pagos diarios. Los bancos centrales justificarán empezar a retirar el metálico, por falta de uso y por mejor control de lavado de dinero, corrupción, etc., y en un plazo de unos 10 años más se habrá eliminado el dinero en metálico en la mayor parte de países tecnológicamente desarrollados. Nos acordaremos de los billetes y monedas como nos acordamos (los más mayores) ahora de los cinco duros, con su agujerito en el centro. Ya no habrá pagos erróneos, no te escupirán un "faltan pieza' " en un bar de Murcia por no haber entendido al camarero cosas del acento y/o el alcohol ingerido previamente). No obstante, habrá que seguir alerta, nunca se sabe cuándo una Darlene Alderson puede hackearte el móvil, o tu banco entero, y dejarte sin blanca en un abrir y cerrar de ojos.


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