7:45 llega el tren que va a Chamartín. Un hombre uniformado con ropas de trabajo, azul, amarillo y bandas reflectantes, espera apostado en el borde del andén. Más alejado que el resto de viajeros del potencial punto de parada del tren, pero más cerca de la vía. No es la primera vez que espera.
Cuando llega el tren agarra su cubo , hace un gesto con la mano al conductor. Con el visto bueno (cómo no dárselo), el limpiador desenfunda una esponja empapada en jabón, moja el pequeño espejo y la ventanilla del conductor, mientras con la otra mano, manejando una escobilla de goma, arrastra el exceso de agua jabonosa, completando la limpieza.
Lo hace de forma eficiente, en el intervalo de unos segundos de la parada. Aunque es cierto que el espejo y la ventanilla son pequeños.
Un solo espejo, claro está; para el otro espejo habrá que esperar a otra estación. O quizás a otro día.
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